11 de enero de 2011

Mozart, niño prodigio de la música


Mozart, niño prodigio de la música
Por Donald Culrooss Peattie
Publicado originalmente en abril de 1947

¡Definitivamente el último concierto!... El niño, que aún no tiene años, tocará el clavicordio, ejecutará un concierto para violín y acompañará sinfonías con el teclado cubierto por un lienzo, tan fácilmente como si estuviese viendo las teclas. Dirá cuáles son las notas que se toquen a distancia, tantos aisladas como en conjunto, e improvisará en el clavicordio y el órgano todo el tiempo que se desee.

El año de 1763 un periódico alemán publicaba este aviso anunciando, como fenómenos fe feria, al músico de genio más universal que ha conocido el mundo, Juan Crisóstomo Wolfango Amadeo Mozart. Entre el público de aquel concierto estaba otro muchacho, de catorce años, destinado también a la inmortalidad: Goethe. Años después, el poeta se complacía en evocar la brillante escena en que el niño músico de faz sonriente, peluca empolvada, exquisito traje de raso lila y minúsculo espadín, corría a sentarse en el banco del clavicordio y le arrancaba notas maravillosas en la que ponía su corazón.

Nacido con absoluto dominio del tono, del ritmo y de la armonía, Mozart había venido al mundo con un don maravilloso y único. Sólo así se explica que a los cuatro años empezara su aprendizaje de clavicordio (precursor del piano moderno), y que a los cinco, usando un violín casi de juguete que le había regalado su padre, acompañara con toda perfección a éste y a un amigo suyo en seis tríos cuya música no había visto antes.

El niño leía y escribía nota antes de conocer bien el abecedario. Las composiciones que escribió a los seis años se reconocen desde los primeros compases como música inconfundible suya, que no podría ser de ningún otro compositor. Llenas de frescura y gracia, de discreción, de firmeza y de elegancia, esas composiciones son la obra de un estilista sin paralelo y de un alma excepcional.

Sus dedos y su cerebro estaban dotados de modo igualmente maravilloso. A los diez años dejó atónitos a los holandeses, tocando insuperablemente el órgano más grande y más complicado del mundo. A los catorce fue llevado al Vaticano para que oyese cantar un Miserere largo y difícil, que se guardaba con tanto secreto que a los cantores estaba prohibido copiar la música bajo pena de excomunión. El muchacho absorbió ávidamente nota tras nota del Miserere y, al volver a casa, escribió de memoria la obra entera. Cuando la escuchó por segunda vez se disgustó al descubrir que le habían deslizado tres errores. En vez de excomulgarlo, el Papa lo nombró caballero de la Espuela de Oro.

El padre de este prodigio era Leopoldo Mozart, violinista de segunda categoría, maestro de primera clase y vecino de la ciudad de Salzburgo, en Austria. La reverencia que le inspiró siempre el genio de su hijo no le impidió explotarlo. En compañía de la hermana de esté, que era también pianista de talento, paseó al muchacho por toda Europa. Los niños tocaron ante los soberanos de Francia e Inglaterra, y ante la familia imperial de Austria. En esta última ocasión, el muchacho resbaló al atravesar una galería del palacio, se hizo un gran chinchón, y fue consolado por una niña que le ayudó a incorporarse. Para mostrar su gratitud, Mozart ofreció a la chiquilla casarse con ella cuando ambos crecieran. Pero la vida tenía reservado otro destino a María Antonieta.

Ni las duras diligencias, ni los caminos fangosos, ni las míseras posadas, ni las largas y duras horas de viaje lograban agotar la alegría o abatir el humor del muchacho. Era frecuente que el público de sus conciertos, encantado por aquel prodigio, se negase a abandonar los asientos y que el complaciente chiquillo siguiese tocando como en primeras notas de la última sobra las postreras de la anterior, como gotas de una fuente que caen sobre un macizo de flores. Aquella especie de orgía musical continuaba hasta que papá Mozart intervenía para ponerle fin. Entonces caballeros y damas elegantes abrumaban al niño con caricias y aplausos que nunca fueron bastantes a alterar su natural modestia.

El producto financiero de aquellas correrías era, sin embargo, invariablemente inferior a los gastos. Los aristocráticos oyentes solían pagar con cajas de rapé, hebillas de zapatos y otras chucherías parecidas. Papá Mozart las recibía haciendo reverencia, y se llevaba a los chiquillos a otro sitio donde pudieran tocar la cena.
Papá Leonoldo fue el único maestro de su hijo. Mozart no asistió a ninguna escuela, pero cultivó con gusto todas las ramas del saber. Sentía predilección especial por la aritmética y hacía sumas con tiza en mesas y paredes, fascinado por una ciencia que daba respuestas concretas y exactas. Esta afición es la clave de la justeza, perfección y exactitud de sus composiciones. Pero Mozart era, además de insuperable técnico, espíritu alegre, tierno y amoroso. Por eso es su música tan emocionante como fácil de escuchar.

En los tiempos de Mozart hubo gentes que tacharon algunas obras suyas de “demasiado modernas, demasiado avanzadas”. Hoy, cuando escuchamos por primera vez una pieza de Mozart, nos parece haberla conocido y haber gustado de ella toda la vida. Esta impresión se debe a la profunda influencia que ejerció en la música posterior a él. Beethoven lo estudiaba constantemente, y Haydn rindió a su joven amigo el tributo sincero de la imitación. Chopin estaba profundamente penetrado del espíritu de Mozart y dijo al morir aquello de “tocad a Mozart en memoria mía”. Hasta el orgulloso Wagner se inclinó ante él. En la gozosa gracia que tienen muchos valses de Strauss, y en no pocas de las grandes canciones de Schubert puede percibirse la inspiradora influencia de Mozart.

Le brotaban melodías de los dedos. Solía sentarse en una mecedora y tamborear con los dedos en la rodilla, radiante el rostro del placer creador, hasta que completaba mentalmente en tema y lo garrapateaba en un pedazo de papel. A los catorce años se estrenó en Milán la ópera que acababa de escribir; tomó parte en ella la orquesta más grande de Europa, que Mozart se encargó de dirigir personalmente. A los quince años era ya autor de catorce sinfonías y seis óperas cortas.

Entre los quince y los veintiún años invadió los dominios de la composición musical que presenta las máximas dificultades técnicas. El solo hecho de intentarlo invitaba a la comparación con los maestros de otros tiempos, pero Mozart demostró ser el maestro de todos ellos. Su genio era como una nueva estrella que proyectase sobre la tierra luz más esplendorosa cada año. Obrando con estricta justicia, el emperador de Austria, José II, debiera haberle dado el puesto más distinguido entro los músicos de su corte.

Pero no fue así. Influído por la mezquindad de los artistas mercenarios de su séquito, que envidiaban el genio de Mozart, el emperador lo hizo objeto de desdenes y desaires. Músicos rivales impedían que se tocaran las obras de Mozart y más de una vez sobornaron a los ejecutantes para que las estropeasen. No existían entonces de prioridad artística que protegieran los intereses del compositor; una vez conocida, toda pieza musical podía tocarse gratuitamente y hasta ser apropiada por otro autor.

La única manera que tenía un compositor de asegurarse la vida era entrar al servicio de una corte o de un personaje acaudalado. Mozart consiguió uno de esos empleos, cuyo sueldo anual equivalía a unos setenta y siete dólares. Su patrono, el arzobispo de Salzburgo, lo hacía comer con los criados y lo trataba despóticamente, creyendo que ése era el mejor medio de mantenerlo en la debida humildad. Mozart dejó el cargo y se estableció en Viena como artista independiente.

Al morir el célebre músico Christoph von Gluck, le dieron a Mozart el cargo de “compositor de cámara” que aquél desempeñaba en la corte, pero solamente le asignaron algo más de la mitad de su pensión. Sin embargo, Mozart agradeció las migajas con humilde alegría, porque se había casado impulsivamente, siendo todavía muy joven, y los hijos empezaron a llegar en seguida.

Su esposa se llamaba constancia Weber y era una de las cuatro lindísimas hijas de una familia en que todos eran músicos. Mozart conoció a Constancia cuando ella era joven todavía una risueña chiquilla de trece años y él le hacía la corte a su hermana mayor, Aloysia, que tenía quince años, bellísimo cuerpo y hermosa voz. Aloysa prometió esperar a Mozart, que había ido a París en busca de fortuna. Pero cuando el mozo volvió con las manos vacías, Aloysa había triunfado ya en la ópera. Interrogada años más tarde sobre los motivos que le hicieron desdeñar a Mozart, contestó:”Me pareció que era un hombrecito insignificante”.

Constancia se encargó de reanimar el desolado corazón del joven y no tardaron en casarse, desafiando la implacable furia de papá Mozart. Constancia era una rubita, festiva y risueña, que resultaba la compañera ideal para ir de merienda a los bosques de Viena, pero carecía de toda habilidad casera. Mozart vio cómo la pobreza y la maternidad fueron desvaneciendo la alegría de su mujer, y gastó extravagantemente el dinero en pequeños lujos para resucitar la sonrisa infantil que adoraba. Por si esto fuera poco, Constancia no tenía buena salud y sus alumbramientos la ponían al borde de la tumba; cinco de los siete hijos del joven matrimonio murieron en la niñez.

Las contrariedades que sufrió Mozart hubieran hecho escribir composiciones de amargo sabor a cualquier otro músico. Pero Mozart nunca llevó el pentagrama los dolores, tristezas y humillaciones de su vida. Cuando peor era ésta, mayores tesoros de valor vertía en su arte; pero ese valor nunca fue desesperado, sino gozoso como el canto de un pájaro.

Para poderle pagar al carnicero y alejar de su puerta a los acreedores que, asistidos por la justicia, se llevaban con frecuencia piezas del mobiliario, Mozart daba concierto tras concierto, componiendo una obra nueva para cada uno, y muchas de sus mejores composiciones fueron fruto de breves días de trabajo.

Más de una vez, Mozart se vio imposibilitado de practicar a causa del frío húmedo de los inviernos vieneses. En cierta ocasión, un amigo suyo llegó a la casa y encontró al matrimonio bailando furiosamente. La anécdota se ha venido contando como si fuese travesura de bohemios que desafiasen las inclemencias del tiempo valsando alegremente; pero lo cierto es que Constancia y Mozart habían recurrido al baile para que el frío no acábese de paralizarlos. El amigo se apresuró a traerles carbón.

El amigo de Mozart a quien más debe el mundo fue un negociante llamado Puchberg, que repetidamente dio pequeñas cantidades al enloquecido músico cuando se encontraba con el agua al cuello. La lectura de las cartas en que Mozart implora ayuda de su amigo suscita la indignación más viva al evocar la imagen de aquel maravilloso genio reducido a la condición de pordiosero.

En Praga tuvo fin Mozart la satisfacción de verse comprendido y adorado en vida. Cuando, previamente invitado, acudió a aquella ciudad para dirigir la representación de su ópera cómica Las bodas de Fígaro, que había sido fríamente acogida en Viena, oyó que todo el mundo silbaba trozos de Fígaro en las calles. Durante aquella estancia escribió la magnífica sinfonía de Praga, y no tardó en volver para escribir una ópera dedicada especialmente a aquella ciudad amante de la música.

La temporada que pasaron en las montañas de dulce capital de Bohemia fue una de las más dichosas de la vida de Mozart y Constancia. Compuso entonces su Don Juan, que ha sido llamada con frecuencia “la ópera perfecta”. Da Ponte, el poeta autor del libreto, era un alegre bohemio que vivía en la misma estrecha calle en que habitaba el matrimonio de Mozart, y justamente en la casa fronteriza a la suya. De vez en cuando el músico llamaba a gritos al poeta, o el poeta al músico, para que acudieses a oír nuevas escenas. En otras ocasiones, el embelesado vecindario veía a sus dos autores favoritos recorrer la calle cantando alegremente, camino de la taberna adonde iban a compartir una botella de vino.

Los admiradores obsequiaban al matrimonio Mozart en todas partes y con tanta frecuencia que al músico la faltaba tiempo para su trabajo. La víspera del estreno, la obertura estaba todavía por escribir. Ya se habían encendido las luces del teatro cuando pusieron a toda prisa los papeles en los atriles de la orquesta. Los músicos tuvieron que tocar a primera vista.

Musicalmente hablando, nunca se habían tenido tan deliciosos efectos cómicos. Pero Don Juan tiene también su parte de tragedia, y prueba que Mozart era un compositor de poder ilimitado y agudo instinto dramático. Los aplausos y las repeticiones convirtieron las tres horas de ópera en seis. El producto de las entradas salvó de la quiebra al dueño del teatro, pero el compositor sólo recibió una reducida –muy reducida- cantidad.

A medida que el breve curso de estrella que fue la vida de Mozart se acercaba a las tiniebla perpetuas, parecía correr más velozmente y brillar más deslumbradora. Sus nueve últimas sinfonías, algunas de las cuales no llegaron a tocarse en vida del autor, merecen equiparse a las nueve de Beethoven. He oído con frecuencia desdeñar a Mozart por superficial a gentes que sólo conocen los minuetos y las sonatinas suyas que se enseñan a los niños; pero la verdad es que no puede conocerse a fondo su obra sin descubrir cuánta es su profundidad.

A los treinta y cinco años compuso, a pesar de encontrarse muy enfermo en Viena, la famosa ópera de hadas, La flauta mágica, que está llena de maravillosas melodías. Cierto empresario tronado la estrenó en un teatro casi ruinoso. Corrió la voz, y Viena toda acudió a oír la ópera. El empresario ganó tanto dinero que construyó otro teatro. Pero Mozart cayó víctima de una fiebre tifoidea y no pudo asistir a las representaciones; desde su lecho decía, mirando al reloj: “Ahora se levanta el telón”. “Ahora pasan sin quemarse a través de las llamas, al conjuro de la flauta mágica”.

Pocos meses antes, Mozart había recibido la visita de un desconocido que, en nombre de su señor, le encargó una Misa de Réquiem para voces de hombre y mujer. La Misa estaba destinada a honrar la memoria de la difunta esposa del seño, cuyo nombre no quiso revelar el desconocido. Hoy es cosa sabida que se trataba del Conde de Walsegg, personaje aficionado a encargar en secreto obras musicales que luego hacía ejecutar como propias.

Muchas interrupciones impideron que Mozart entregase la obra. El desconocido mensajero se presentaba a intervalos para apremiar al compositor. Mozart empezó a tener delirios, e imaginó que el emisario venía del otro mundo y que aquel Réquiem estaba destinado a su propio funeral. Bajo el dominio de la fiebre se esforzó valerosamente por terminarlo. Con fuerza aterradora del Réquiem expresa los hondos gemidos de la aflicción y el tembloroso arrepentimiento, las ansias de inmortalidad que tiene el hombre y, al final, la voz clara y serena de la fe. En su lecho de muerte, rodeado de algunos amigos íntimos, Mozart dictó con labios trémulos las notas de la trompeta del Juicio Final que suenan en el Réquiem.

Unos pocos amigos acudieron, desdeñando la tormenta que se avecinaba, a oír la breve misa que se rezó ante el féretro de Mozart. Cuando salieron para el cementerio, los relámpagos iluminaron el cielo, la lluvia cayó a torrentes y el viento se desató feroz. Acoquinados por la furia de los elementos, los amigos se devolvieron y el carro fúnebre siguió su camino. En una fosa cavada junto a las de vagabundos y mesalinas quedó la frágil forma que había albergado uno de los talentos musicales más grandes que han existido.

Mozart triunfó de la injusticia, la enfermedad, las deudas y la misma muerte. En vez de dejarse vencer por las cosas innobles y espantosas del mundo, entonó un cántico en que vibra el gozo de vivir.

60 años Selecciones (Reader’s Digest) – Antología de aniversario. págs. # - #.